El primer libro que publicaré será:

lunes, abril 07, 2014

GEOGRAFÍA GENERAL
SALIDA DE CAMPO A RIO CLARO
LUIS FERNANDO GIL MONSALVE
C.C. XYZ
DOCENTE: MÓNICA ZULETA

“Veni, vidi, vici “ Julio César, año 47 a.C.

Tenía muchas expectativas para esta salida de campo, ya que a diferencia de otras previas del curso ésta era de dos días, incluyendo amanecida en la reserva Rio Claro, del municipio de Puerto Triunfo, ubicado en la subregión del Magdalena Medio antioqueño. Fue mi segunda visita a tal reserva. No obstante, la primera vez hace unos 3 años, mientras pasaba un invierno existencial no fue de mi agrado, aparte del hecho de que llovió apoteósicamente esa vez, y por tal razón, adicionado al precio del hospedaje para particulares, en ese entonces, más bien nos hospedamos kilómetros más allá.

Salimos el jueves 27 de febrero de 2014 un poco tarde, ya que la cita fue a las 8 a.m. hora colombiano, es decir, muy diferente a la inglesa o europea. Sin embargo, viajamos alegres y expectantes por lo que significa reconocer el territorio, apropiarse de la geografía, hacer salidas de campo e investigar la geografía, aplicando los conocimientos del curso. La primera parada la hicimos en un sitio cercano a la carretera para observar una roca gigante, desprendida  de la montaña, que se rompía muy fácil al tacto, a los golpes y tenía puntos negros y blancos en su composición. En total fueron 180 kilómetros recorridos en unas 4 horas, lo bueno fue que hubo paradas para hacer más cómodo el viaje.


Mientras veíamos la roca me llamó la atención esta máquina simple para procesar el café. En una zona que no es reconocida como gran productora de este grano en el país, contrario al eje cafetero o al suroeste antioqueño.
   


En la parada que hicimos para desayunar nos encontramos con toda una tradición religiosa que envuelve al país, como son las vírgenes puestas en sitios estratégicos de los paraderos como ésta que estaba al lado del baño de mujeres, me imagino que es la Virgen del Carmen, protectora de los camioneros, pero no sé por qué se me parece a María Auxiliadora. ¿Cuál de las dos será? Al fondo del paradero hay un valle que se extiende lejos denotando vegetación característica de tal geografía. Percibimos evidentemente que la temperatura promedio en tal sitio ha aumentado como lo vimos en el curso, ya que hemos bajado aproximadamente 1000 metros de altura. Muchos árboles y animales son endémicos de la región.



Nos han dicho que la alimentación de la reserva forestal ha cambiado favorablemente en los últimos días. ¡Júzguenlo ustedes! El refugio de la reserva Rio Claro, un kilómetro adentro, sumergido en las espesuras de esta selva, es una construcción amigable con el medio ambiente que permite estar en una simbiosis colectiva con el entorno que no he visto en otros sitios del país o del mundo. Definitivamente recomendado para todo aquel que quiera tener una aventura diferente en una selva virgen con muchos atractivos y quizás alejarse de la monotonía de la ciudad.
  


A pesar de que las últimas cifras de la ONU dicen que ya el 52% [1]de la población mundial es urbana, Colombia se da el lujo de tener sitios con bosque virgen y con una geografía característica única, propia del piso térmico que visitamos y con una especie de humedad en el aire, que hacía difícil respirar a veces, a unas compañeras del curso.
Su nombre lo da el Río Claro, nacido en Argelia-Antioquia, municipio del oriente antioqueño. Cuando llegamos estaba bajando muy crecido y poco transparente debido a la intensa lluvia del día anterior. Este río es rico en carbonato de calcio de origen marino que ascendió en el cretácico. Nos dimos cuenta que muchas de estas bellas formaciones fueron hace milenios grandes cuevas formadas por la corriente fluvial que con tanto correr perdieron su techo, dejando mármol en la reserva en grandes cantidades, que varias multinacionales y empresas colombianas explotan día a día. Razón tenía Heráclito cuando afirmó: “no podemos bañarnos en el mismo rio porque siempre corren aguas nuevas”.  En algún sentido presagió que varios compañeros se quedaron antojados de bañarse en el río Claro o en el río de dormilón de San Luis, que no iban a poder llevar a feliz término su deseo.
Cada cual llevó el almuerzo de ese día, incluso unos compraron al desayuno su comida. Almorzamos allí y nos asignaron las habitaciones con mucho cuidado, bajo la supervisión de la profesora.
Esa tarde presenciamos un hecho difícil de olvidar. Un camión del refugio nos recogió a todos como en una especie de juego de rol, portando cascos amarillos de esos que se usan para trabajar en construcciones.


Caminamos por una preciosa quebrada entre exótica naturaleza casi que en fila india. Las piedras del fondo brillaban e incluso unos pequeños peces se veían a diestra y siniestra. Palmas de inigualable hermosura eran endémicas de esta región. Sus hojas con colores verdes de todas las tonalidades se mecían a nuestro paso como atentos a cualquier sonido. Una gran alegría nos embargaba, nos hacía sentir realmente Uno con nuestro entorno. La geografía del hábitat que nos acogía enviaba constantemente a nuestros cerebros información que procesábamos en un estado de profunda comunión con la naturaleza. Absortos estábamos mientras nos aproximábamos al gran cañón de caliza, calcio y mármol que abría sus fauces como para engullirnos.  
La caverna “El Cóndor” nos miraba expectante. Dos guías, coterráneos de la zona, nos dieron instrucciones claras y precisas para ingresar al sitio, como ir en fila india, caminar despacio y tranquilos, portar en todo momento el caso y el tapabocas -que olvidé- y enfáticamente no alumbrar con las linternas a los guácharos que volaban sobre nuestras cabezas produciendo sonidos extraños como de gato. Nos informaron que podían medir hasta el metro con sus alas estiradas y que eran muy grandes y pesados. Endémicos de Suramérica son aves nocturnas que tienen unos vellitos como los de los felinos en sus rostros, herramientas precisas como las de los murciélagos para ubicarse con infrarojos en la oscuridad.
Fue una experiencia única e inolvidable. Caminamos con cuidado siguiendo la corriente unos 300-400 mts. al interior de la cueva. Persiguiendo paredes lisas, otras con entradas y salidas pronunciadas y vadeando pozos profundos cargados de agua y heces de los guácharos. Sobre nuestras cabezas unos ruidos extraños nos protegían. Al llegar a un amplio vientre muy profundo en la tierra hicimos el ejercicio de apagar todos las linternas, no comunicarnos con nadie durante 5 minutos y tampoco tener contacto físico con los compañeros. Realmente sentí que había bajado al averno y que lo peor era que me iba a quedar ahí una eternidad.  El tiempo del ejercicio se me hizo eterno. Por momentos pensaba que estaba solo con esta multitud de animales feroces y escandalosos sobre mi cabeza, que incluso afinaron y seguido, aplacaron sus ronroneos en total oscuridad. Traté de calmarme imaginándome lógicamente que ahí estaban sentados también mis compañeros de curso, los guías y la profesora, pero al ver que nada que hablábamos ni prendían las luces, la adrenalina me empezó a controlar. Me sentí poseído por la dama de los cabellos ardientes, como lo hacía Porfirio Barba Jacob, relatado por Fernando Vallejo en El Mensajero. Un miedo profundo al encierro, a la claustrofobia me dominaba. No podía entender por qué mis compañeros estaban tan juiciosos con el ejercicio y habían accedido a no hablar, a no tocarse y a no encender sus linternas. Asustado y extrañado como estaba, perdí la noción del tiempo y por unos segundos que parecieron eternos sentí que estaba paranoico. Mi corazón bombeaba sangre rapidísimo y algunos comentarios de los guías, cuando nos advirtieron del cuidado a tener me parecieron como actuados, como premeditados, como sí todos hubieran ayudado a encerrarme, me dio rabia y empecé a sudar frío y a temblar. El reloj seguía corriendo a una velocidad prolongada. Sentía que al agua corría copiosamente a mis pies y cientos de enormes monstruos aletiaban sobre mi cabeza, prontos a golpearme y a atacarme. Estaba solo en las profundidades de la tierra y descubrí cómo sería el infierno: sentirse así toda la eternidad, sin contacto con otra mente, con otro ser; perdido en la locura de los propios pensamientos. Un espacio ancho dentro de la cueva me recordó las lecturas de Julio Verne en Viaje al Centro del Planeta. Estaba sentado sobre una roca, estiraba los pies, los ponía sobre el silicio, los doblaba, hacía carrizo, los abrazaba con mis manos, y nada me hacía sentir cómodo. Rompiendo el acuerdo inicial de no tocar a nadie bajé mi mano derecha para comprobar sí estaba solo. Una compañera que no recuerdo gritó al sentir mi mano pero yo reviví. Rápidamente un barullo humano, aparte del de los guácharos se inició y algunas luces se encendieron. Respiré profundo y me alegré al sentir que había nacido de nuevo. Ascendimos en fila india por la misma garganta en que minutos antes nos sumergimos y fue espectacular ver imágenes como las siguientes.
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Llegamos al refugio. Nos bañamos pues la contaminación de estos animales era mucha. Me puse ropa limpia y seca y luego de cenar salí con un compañero a caminar por la reserva. La profesora había acertado al decir en la mañana que iba a llover. A pesar de correr mucho desde la autopista no logramos llegar a nuestros cuartos a tiempo, pues escurríamos de pies a cabeza. El agua nos chorreaba por el rostro, por las gafas, por el cabello, en fin.
Al otro día visitamos San Luis. Nos levantamos para desayunar a las 7, aunque todos no estuvimos listos así que desayunamos más tarde. Caminamos por un sendero ecológico rodeado de exuberante y tropical belleza: fauna y flora única y propia de este mágico lugar. Unas cuevas con estalactitas y estalagmitas formadas hace miles de años nos deslumbraban.  
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                        Algunos turistas se lanzaban al río.

Al medio día nos preparamos para emigrar. Ya nos sentíamos como moradores de esas tierras. Recorrimos el pueblo, e incluso bajamos a una bañadero que los habitantes del pueblo quieren conservar como tal, pero el brillo del oro y el progreso poco a poco acaba con el patrimonio ecológico de la Nación.
Hay que volver. Solos o acompañados pero una aventura así debe repetirse. Gracias a la profesora, a la Universidad de Antioquia y al Universo que nos proveyó de tan magna experiencia.







Original que en San Luis aún siembren hierbas aromáticas, verduras, al lado de flores en la Estación de Policía.

Sorprendidos de ver las huellas imborrables del conflicto y la violencia por más de 50 años en nuestro país.

Varias veces se ha tomado la guerrilla este tranquilo y bello municipio del oriente antioqueño.

Iglesia del Municipio de San Luis.


Simpático que unas señoras evangélicas o testigas de Jehová se usufructen de una venta callejera de obleas y empanadas al lado de uno de sus mayores enemigos: las imágenes católicas, que están repartidas por toda la geografía de nuestra América y del mundo entero.



Animales extraños que nos acompañaban por todo el recorrido.

Cremas frías para refrescarse.




Al lado de la civilización, de la urbanidad, de la modernidad; conviviendo con el otro, la tradición, la vida del campo, el empuje, el espíritu paisa.





Los cultivos de pancoger, a metros de la civilización.


“Todo es relativo”, dice el vulgo y el sabio. En San Luis las hormigas tienen su microuniverso y nuestros problemas las traen sin cuidado.


Varias generaciones se sobreponen unas sobre otras. El ser humano busca su destino.



Allí en medio de la nada, en el bosque insondable y misterioso, queda las huellas de la violencia en este municipio de Antioquia. Cruces que se ubican en los sitios donde han matado cristianos, como llamaba a los seres humanos mi abuelo.

La belleza, la naturaleza, lo arcano, lo moderno, la fuerza del agua, etc.






Aquí se discute sí prima la producción económica de electricidad para esta región o sí se prioriza en conservar el Patrimonio, lo invaluable, lo espiritual para la gente de San Luis.


Lo que el agua se llevó. Lo que dejó. Lo que les pertenece como Patrimonio inmaterial a sus habitantes.



Todo fluye.








“Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento” Hipócrates.






  



Casi me deja el camión por irme a tomar estas últimas fotos.



Construcciones amigables con el medio ambiente






   


Les presentó al minino Misifús




Rico, típico y saludable desayuno.

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Salvando a Alberto.

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